De las 20 hectáreas del campo, 15 son destinadas a reserva natural: tierra que elegimos dejar como está, siguiendo su propio ritmo.
En esta zona lo habitual es otra cosa. Se desmonta, se nivela, se planta, se produce. Nosotros miramos el mismo terreno y vimos algo que no queríamos perder.
El silencio, primero. Esa quietud que casi no queda en ningún lado y que el cuerpo reconoce apenas llega. El horizonte abierto, sin nada que lo corte. Y de noche, un cielo cargado de estrellas, sin una sola luz que lo apague: el tipo de cielo que ya casi nadie ve. Los atardeceres de acá son los más hermosos que vimos en nuestras vidas. Eso no se explota productivamente. Eso se cuida.
La reserva está viva y la fuimos conociendo de a poco. En el monte nativo se mueve el gato del pajonal (Leopardus pajeros), uno de los felinos más esquivos del monte. La vizcacha y el tunduque cavan sus cuevas, el zorro gris cruza al caer la tarde y la martineta levanta vuelo cuando uno menos lo espera.
El tamariscal que bordea el río es su propio mundo: más de diecisiete especies de aves conviven entre sus ramas. En el agua del Diamante nada la trucha arcoíris. Y entre las piedras hay vida que pocos miran de cerca, como la viuda negra (Latrodectus mirabilis) o el escorpión Bothriurus, nativo, inofensivo, parte del equilibrio del lugar.
Cada parche tiene lo suyo: la ribera del río, el tamariscal, el pajonal abierto, el monte. Relevamos más de treinta especies entre mamíferos, aves, reptiles, peces y arácnidos, y la lista sigue creciendo cada vez que prestamos atención.
Conservar no nos hace perder nada. Nos devuelve un lugar donde la naturaleza sigue mandando y nosotros aprendemos a estar adentro sin romperla. Esa es la decisión: en vez de exprimir la tierra, dejarla ser, y dejar que nos enseñe a estar en paz.
Antes de pensar en habitar este lugar, quisimos entenderlo. En 2021, el Guardaparques Jorge Mosca y el Biologo Raúl Abalos realizaron un estudio de zonificación del campo: relevaron la flora y la fauna parche por parche, censaron especies y, siguiendo los criterios de Parques Nacionales, definieron qué zonas se intervienen y cuáles se preservan intactas.
Lo que encontraron es un territorio del Monte mendocino con una biodiversidad mucho más rica de lo que su aridez aparentaba.
Las 20 hectáreas de Eukaria están sobre la ribera del río Diamante, en plena Provincia Fitogeográfica del Monte Nativo. Es un ecosistema árido, sostenido por napas de agua a pocos metros de profundidad que permiten al algarrobo crecer en altura y formar uno de los montes más diversos de la provincia.
Un dato clave del estudio: el campo funciona como corredor biológico. Su franja de algarrobos y chañares conecta con extensiones enormes de monte nativo —más de 140 km hacia el norte y 200 hacia el este— por donde se desplazan aves, mamíferos y semillas.
Conservar Eukaria es mantener abierta esa autopista de vida.
Corredor Biológico que inicia en Eukaria
El relevamiento identificó nueve comunidades vegetales distintas, desde el jarillal y el chañaral hasta el chilcal y el tamariscal de ribera. Conviven jarilla, zampa, algarrobo, piquillín, molle y chañar, junto a flores como la huachera, que asoma del suelo arenoso en primavera.
La fauna es la verdadera protagonista. La estrella es la vizcacha, declarada plaga nacional en 1905 y recién protegida por ley en 2018.
Hoy es una especie en retroceso, y el campo alberga uno de los pocos núcleos activos de la zona: Se estima que tendría cerca de 180 individuos. La Vizcacha es, además, una ingeniera de ecosistemas: sus cuevas airean y fertilizan el suelo, ayudando a regenerar la tierra dañada por la agricultura.
A su lado conviven el tunduque, el zorro gris, el gato del pajonal, la martineta y más de veinte especies de aves en la zona de ribera.
De las 20 hectáreas, quince se preservan como reserva: sin circulación libre, sólo hay acceso a través de senderos que permiten también una integración del humano respetuoso en el ecosistema, de esta forma flora y fauna quedan protegidas para que la vida siga su curso y nos incluya en él.
Las cinco hectáreas restantes se destinan al ecobarrio y a actividades de bajo impacto, dejando corredores libres para que los animales sigan pasando y puedan convivir con nosotros en armonía.
La división sigue los criterios de Parques Nacionales: zonas de uso más intensivo, zonas de uso extensivo y los espacios propios de la reserva, con circulación y habitabilidad restringida a senderos y a algunos espacios de uso especial. La mayor parte del campo permanecerá intacta y se irá recuperando con los años. El monte nativo será cada vez más abundante.
Desde 2021 a la actualidad hemos visto duplicar su altura y cada vez son más las especies que nos visitan en Eukaria.
La idea no es tener acceso libre a todo, sino que a través de Acuerdos de Convivencia y delimitación de zonas, el vínculo con el monte se da a través de senderos y espacios pensados especialmente para observar sin molestar ni interferir: caminatas, avistaje de aves, bicisendas, contemplación, registro de huellas, meditación, siempre desde el respeto, el silencio y una actitud que nos lleva a vincularnos con la naturaleza desde el aprendizaje y la ecuanimidad.
Tomamos como referencia reservas como Ñacuñán, donde el sendero y los cercos vivos de plantas nativas muestran cómo se puede visitar el monte nutriéndonos de él, de su sabiduría y armonía.
Zonificación basada en el "Estudio preliminar de zonificación para la futura reserva y ecoaldea", de Jorge M. Mosca y Raúl M. Abalos Pérez (2021).